Nuestro día a día

El cartujo es un ermitaño que vive en comunidad, pasando la mayor parte del día en su ermita, de donde sólo sale para la Misa, el canto de Vísperas a media tarde y los Maitines y Laudes que se cantan en la iglesia a media noche.
En la ermita ora, estudia, trabaja, come y duerme. Todas las ermitas están adosadas al claustro y completamente separadas unas de otras. Junto a la puerta de la ermita hay un ventanillo en el que se deposita la comida.
La primera pieza es una amplia habitación, a modo de zaguán, llamada “avemaría” porque siempre que entra el monje reza un avemaría. Junto al zaguán hay un taller donde el monje puede trabajar la madera, torno, encuadernación, etc. Completa la planta baja de la ermita un pequeño jardín donde cultiva sus flores, sus hortalizas, y le sirve a la vez de asueto. En la planta superior se encuentra el oratorio, una pequeña habitación que sirve de estudio, el dormitorio y el servicio.

Los domingos y fiestas domina la vida de comunidad, ya que todos los oficios litúrgicos se cantan en la iglesia, se come en el refectorio común y hay un rato de recreación. Los lunes cuentan también un paseo de unas cuatro horas de duración por la campiña, fuera del monasterio, en el que se conversa animadamente.
La vida del cartujo tiene que enhebrar cosas tan opuestas como la vida eremítica y la vida comunitaria, la soledad y la vida fraterna, el silencio y la cordialidad. En la síntesis está el equilibrio.

Patrimonio histórico
y cultural

La Real Cartuja Santa María de Miraflores está habitada por una comunidad de monjes pertenecientes a la Orden Monástica de la Cartuja. Su fundador fue San Bruno, nacido en Colonia (Alemania) hacia el 1030, que buscando una vida de total consagración a Dios se retiró, junto con seis compañeros, a un lugar agreste y solitario de las montañas alpinas del Delfinado llamado Chartreuse (a 30 kilómetros de Grenoble, Francia) fundando un eremitorio el año 1084. A pesar del transcurso del tiempo, el carisma de su fundador sigue tan vivo y actual como en 1084. Hoy, como ayer, hombres y mujeres se sienten llamados –al igual que San Bruno- a vivir sólo para Dios en el silencio y soledad.

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